¡Qué gozo, que no sean
nunca iguales las cosas.
que son las mismas!
¡Toda,
toda la vida es única!
Y aunque no las acusen
cristales ni balanzas,
diferencias minúsculas
aseguran a un ala
de mariposa, a un grano
de arena, la alegría
inmensa de ser otras.
Si el vasto tiempo entero
-río oscuro-se escapa,
en las manos nos deja
prendas inmarcesibles
llamadas días, horas
en que fuimos felices.
¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
Olga Orozco
Pedro para domingo
de Juan José Saer
Caminando por la semipenumbra polvorienta y estéril, si algo aprendí no fue sobre la luna sino sobre mí mismo. Supe que si el conocimiento tiene un límite, es porque los hombres, adonde quiera que vayamos, llevamos con nosotros ese límite. Es más: nosotros somos ese límite. Y si vamos a Marte o a la luna, las dos o tres cosas más que sabremos sobre Marte o la luna, no cambiarán en nada, pero en nada, la extensión de nuestra ignorancia. No cabe duda de que sabemos un poco más de nosotros mismos cuando, dejando nuestro pueblo natal, vamos a una gran ciudad, y después a otro continente, donde los hombres son un poco diferentes de nosotros, por sus rasgos exteriores, su religión, sus costumbres, pero ese poco más que sabemos no modifica para nada la cantidad de nuestro saber, en relación con lo que ignoramos, y esto no es una reflexión moral sino un simple cómputo.Fragmento de "Ligustros en Flor" de Juan José Saer
El cerro de la cruz
Cada vez que arribábamos a algún destino, nos encargábamos de afirmar en nuestras mentes y cuadernos el itinerario que habríamos de seguir en los días próximos. Generalmente, llevábamos con nosotros mapas y guías de viajeros que nos anticipaban los atractivos y lugares importantes de cada paradero. De todos modos, una visita a la oficina de turismo o una charla atenta con algún lugareño terminaban de delinear nuestros planes. Nos encargábamos de administrar nuestros tiempos minuciosamente de modo que no quedase ningún lugar sin recorrer. Cada punto en el mapa se transformaba así en una lista de cosas por hacer, monumentos y riquezas arquitectónicas por mirar, caminatas bien señalizadas por emprender. Si bien solíamos contar con tiempos acotados para la visita de cada lugar, procurábamos no irnos de ningún sitio sin verlo en su totalidad y la totalidad tenía el límite, preciso y seguro de lo que alguien alguna vez había creído necesario ponerle un nombre y un numerito de color en el mapa del pueblo, ciudad o comuna.
Sólo cuando podíamos garantizar que conocíamos el lugar en profundidad, estábamos listos para emprender la vuelta. Reacomodábamos entonces nuestro equipaje y, guardando con precaución mapas y folletería para el viajero, nos dirigíamos hacia otro sitio, rebosante de espacios en blanco en nuestras listas de excursiones proyectadas.
Al cabo de un tiempo de excursiones de este estilo, terminamos por saber que ciertos atractivos se reiteraban con una frecuencia asombrosa de un sitio al otro: el monumento a la madre, la fuente de la plaza, la capilla, el mirador alto desde donde se ve todo el pueblo, eran algunas de las figuritas asiduamente repetidas. Sumándole otras cuestiones más claramente fabricadas e ilusorias como la visita a las grutas- que solían significar cosas distintas en cada lugar- o el camino del indio o la vuelta del arcoíris. Trayectos armados que se repetían y dejaban ver que en uno u otro lugar, en las distancias más inhóspitas del globo había similitudes enormes entre los atractivos, idénticas cosas para hacer nos esperaban por más que transitemos incalculables kilómetros. Lejos de asombrarme, a mí me pareció muy natural esta coincidencia absoluta de nombres y lugares. La certeza de saber qué encontraría en el próximo destino calmaba con exactitud mi sed calculadora, me hacía sentir notablemente más seguro. Teníamos tiempo y planes sistemáticos, nada podía fallarnos ni faltarnos. Ni siquiera nos asustaba la sensación de dirigirnos hacia un destino tan previamente delineado, ni pensábamos inútil el sistema de recorrer leguas y leguas para ver los mismos lugares.
De todos los atractivos repetidos había uno que a mí me gustaba mayormente, una joya que era de todas, mi preferida y que más frecuentemente aparecía en los mapas del viajero: El Cerro de la Cruz. En casi cada paraje había una sierra, que por humilde y pequeña que fuera, había sido la elegida para clavar en su cima la cruz que le ofrecía entonces la oportuna nomenclatura. Subir hasta la cima de aquel cerro era para mí el requisito ineludible que me permitía considerarme satisfecho. Me encantaba ver la cruz, alta desde abajo y al ir subiendo ir sintiéndola más cerca. Además, la Cruz era el signo claro y transparente de haber llegado a la cima. Y llegar a la cima garantizaba una vuelta tranquila, sin remordimientos de haber dejado una tarea a medio hacer.
Desde que había caído en la cuenta de las grandes ventajas y la inefable hermosura de aquel emblemático cerro, había notado también que este era, probablemente el atractivo que más se repetía, el que casi nunca faltaba.
Cuando visitamos el primer pueblo en el que cruces y cerros no comulgaban con precisión-guía turística, procuré no alarmarme y darle al resto de las atracciones la importancia que igual se merecían. Pero cuando la situación comenzó a repetirse casi continuadamente y la carencia de un Cerro de la Cruz se volvió una constante en nuestros itinerarios, un vacío desgarrador comenzó a subirse desde mi estómago hasta el pecho. De pronto no encontraba ya el sentido a tanto despliegue de folletería pesada en la que yo sólo veía que faltaba, en uno y otro sitio, una cruz en la cima de algún cerro y un cartel preciso y centelleante que anuncie el camino hacia el Cerro de la Cruz.
A punto de caer en el pánico o la desesperación, envenenado hasta el fondo de mi ser de tanta ausencia, me sentía víctima de una eterna traición por parte de aquél cerro repetido del cual yo había sabido ser devoto fiel durante tanto tiempo de travesías. Mi sufrimiento era tal que había empezado a considerar comunicarles a mis compañeros de equipo mi despedida y consiguiente abandono de los itinerarios que aguardaban. Semejante decisión sería, como estaban las cosas, una puerta segura a la locura, un camino certero hacia el desatino. Hacía ya tanto tiempo que me encontraba envuelto en tales expediciones de recorrida sistemática, que no lograba vislumbrar mi vida sin viajar, sin un mapa en un bolsillo y una mochila al hombro. De todos modos, la agonía de buscar y no encontrar mi cerro amado, comenzaba a tornarse insostenible.
Como sucede tan frecuentemente, fue el espesor de mi desconsuelo el que terminó por hallar su desenlace. Estábamos en una pequeña comuna de los llanos, donde la planicie parecía augurar más inevitablemente que otras veces la ausencia de mi joya tan ansiada. De pronto, cuando levanté la vista por entre yuyos y maleza, logré ver una lomada un tanto pronunciada. Era ciertamente demasiado humilde como para llamarla cerro, pero entre la desértica llanura resplandecía como diamante. Fue allí cuando descubrí, con la satisfacción del que desentraña un gran enigma, que hasta aquella lomadita, tranquila y serena, podía ser de allí a un instante, mi Cerro de la Cruz.
Con ansiedad corrí a subirla y me sorprendió una brisa que alivió los calores agobiantes del sol del mediodía. Sin duda ni ira alguna, me apresure a clavar en la cima- lo que yo consideré sin titubear cima de lo que yo mismo estaba llamando cerro- una cruz fabricada con ramas desprolijas.
Respiré aliviado y la soledad se fue. Había pasado tanto tiempo ocupado en visitar atractivos que la posibilidad de fabricar lugares no estaba en mi radar cercano. Porque un lugar no es más que eso, un pedazo de tierra con un nombre. Un cerro de la cruz no es otra cosa que un relieve que sobresale entre lo llano en donde alguien ha creído pertinente clavar una cruz. ¿Y un mirador? Un lugar para mirar y claro que hay tantos, muchos más que los que caben en el mapa. Esa tarde y ese reencuentro cambiaron el curso de mis siguientes viajes. Ya no buscaba el cerro de la cruz. Yo era el cerro de la cruz.
Levitación
La puerta no cerraba y eso era un grave problema para la clase, un desafío que nosotros- los universitarios- debíamos afrontar de algún modo más o menos eficaz. Al profesor se le había ocurrido una idea brillante que había logrado ser efectiva al menos por un rato: había arrancado un cartel de esos que pueblan la facultad con mayor presencia que nunca en las fechas cercanas a las elecciones y había implementado- luego de efectuar los dobleces necesarios- una traba que llenaba el espacio vacío entre la puerta y su marco. Con el aula cerrada en perfecto rectángulo, la clase era otra cosa: la tiza se deslizaba más suavemente y las letras exhibían puntual claridad sobre el verde pizarrón. Ni hablar de la proyección que gozaba la voz del profesor, ya sin interrupciones de ruidos foráneos. Por supuesto que la efectividad del artefacto cerrajero reinaba el tiempo que tardaban en llegar a la clase los alumnos menos sincronizados que, al abrir la puerta con la timidez de quien se sabe infractor de un orden establecido, veían caer el papel doblado que efectuaba tan preciadas funciones. Cada uno de ellos intentaba luego reestablecer el orden imitando la artimaña que habían desarmado ingenuamente, cometido que no alcanzaba nunca el éxito en el primer intento y que a veces requería ayuda externa para efectivizarse.
Yo pensaba entonces en la suerte que había tenido en alcanzar con puntualidad los medios de transporte público que me llevaban hacia allí y no tener que protagonizar aquel vergonzoso espectáculo de lucha entre el hombre y la puerta. Por suerte estaba allí, cómodamente sentado en un asiento de la tercer hilera, ni muy al fondo ni muy al frente, junto a la ventana por la que se veían rejas y calle. Escribía en mi cuaderno anotaciones de gran importancia para mi futuro y me esforzaba en captar el mensaje que el profesor nos promulgaba. Todo transcurría con solemne normalidad cuando, en una distracción de esas que ocurren, miré hacia la ventana y me di cuenta de algo catastrófico. El piso de la ciudad ya quedaba enormemente lejos, allá abajo, a metros-quizás kilómetros- de distancia. En algún momento entre el pizarrón y mi cuaderno, había ocurrido sin que lo notemos, una especie de levitación áulica, que había dejado a la facultad tranquilamente lejos de la calle. Me pregunté con desesperación hacía cuánto que los sucesos podrían haber ocurrido y, por supuesto, de qué modo. Cómo era posible que no hayamos notado el movimiento. Pensé en la gravedad y en los movimientos circulares y constantes de los astros. Es indudable que los cuerpos se mueven muy a menudo sin que nos demos cuenta., pero este traslado era sin dudas demasiado abrupto y grande como para ser considerado como un movimiento más. Miré a mis compañeros con desesperación, buscando advertirles de lo ocurrido. Nadie me devolvía siquiera una mirada cómplice, los ojos de todos rebotaban del pizarrón al cuaderno y del cuaderno al profesor.
Envuelto en mi súbitamente descubierta soledad de profeta, empecé a analizar las consecuencias y pormenores de la desgracia acontecida y rápidamente caí en la cuenta que el hecho de que no sólo nuestra aula sino el edificio entero de nuestra casa de estudios se encuentre flotando en el aire iba a complicar bastante mi regreso al hogar. Pensé en la posibilidad de no salir más de esa aula y un sudor frio recorrió mi nuca, quise estallar en un grito de advertencia pero no pude y en vez de eso, continué tomando nota de las observaciones del profesor, como si nada ocurriera. Absurda tarea en circunstancias tan adversas ya que, en qué valía la academia sin su reencuentro con lo cotidiano, de qué me serviría la ciencia si jamás podría volver al abrazo familiar y al mate en la terraza. Pese a todas estas cavilaciones, mi mano derecha continuaba su movimiento sobre el papel, garabateando verdades con automatismo maquinal. Quizás era el mismo automatismo de siempre que ahora se me presentaba escalofriante sólo debido a mis ganas de detenerlo.
Finalmente sonó el timbre que indicaba el cambio de hora y el profesor concluyó la última idea de la clase. Esperé con cautela forzada a que alguno de mis compañeros de clase caiga en la cuenta de la situación y de por finalizada la soledad de mi tormento. Pero no. Todos tenían otra clase a la cual dirigirse, todos debían estar ya en otro sitio para la hora en que sonaba el timbre. Me quedé entonces absorto en la contemplación de aquella ventana, mirando las distancias que ya se me habían hecho costumbre, despidiéndome en silencio del gran pedazo de vida que no iba a ver jamás y aceptando con triste resignación mi nueva vida. “En algún momento tenía que pasar”, me dije como entendiendo todo y empezaé a pensar que quizás el origen del proceso levitatorio se remontaba más atrás en el tiempo de lo que podría haber pensado en un principio.
los puentes y los tuneles
que unen con capricho
un punto y otro del tiempo
preciso encontrar del río su afluente,
el que provoca que se funda lo diacrónico
y que chorree el pasado hacia el presente
y al revés
sospecho que ese cauce
de agua subterránea
susurra las verdades
que a mi piel le faltan
busco ese eslabón casi desesperada
ese punto en común
que sé, es muy probable
sea yo.
Las puertas
Para cerrar la casona, Paula seguía pasos precisos y predeterminados. Cada habitación era clausurada en un orden puntual, orden que garantizaba la efectividad del proceso.
Comenzaba desde atrás para ir avanzando hacia el frente, cerrando cada puerta detrás de sí. Algunas aberturas tenían incluso doble cerrazón, postigones primero y luego dos puertas unidas por el centro que se sellaban con llave y traba. Dicha ceremonia duraba ya en sí misma un buen rato, puesto que la casona era grande y las puertas muchas. Demoraba un buen rato aún si cada paso salía a la perfección y sin retrasos, cosa que nunca ocurría. A las cuestiones básicas, se le sumaban algunas molestas y frecuentes interrupciones. Es que a Paula solía sucederle, por ejemplo, que una vez que llegaba a una habitación de las de adelante, de las últimas, sentía el ruido de un molesto chirrido, una puerta que había olvidado entreabierta. Ese era un asunto que debía resolver. Paula retrocedía entonces por cada uno de los espacios. Sucedía a menudo que, luego de revisar toda la mansión, encontraba a cada puerta bien cerrada y volvía a iniciar el proceso con paciencia y resignación, un ambiente por vez. Si no eran chirridos, Paula descubría, al llegar a la sala principal, un olor que le hacía presumir, que había olvidado abierta la llave de gas. Ante tal alerta, no tenía mas remedio que desandar el camino ya recorrido y revisar la cocina. En la mayoría de los casos, encontraba la llave correctamente cerrada y sentía al olor desvanecerse en el intento de remediar las causas. Paula encontraba a menudo nuevos y sorpresivos entorpecimientos cada oportunidad que se decidía a abandonar la casa, aunque más no sea por el rato breve que duraba la realización de un mandado. Podía suceder también que tuviera que volver hacia atrás, ansiosa por atender un llamado telefónico. Lamentablemente, casi siempre cortaban mientras ella abría cada puerta emprendiendo el camino de regreso al teléfono.
Era imposible para Paula desoír las llamadas que la interrumpían, desatender los indicios que le pedían que vuelva por algún motivo. En una mansión tan grande y vacía, la caída de un alfiler podía confundirse con un vidrio que se rompía, el vuelo de una mosca resonaba como el grito de un claustrofóbico.
Ese día de mayo, Paula ya había llegado a cerrar todas las puertas internas menos una: la última antes de la que daba a la calle. Mientras la ocupaba esta última tarea, justo cuando sostenía el picaporte de la penúltima puerta- la que daba al patio interno hacia donde todas las otras puertas estaban orientadas- justo luego de introducir la llave en su cerradura, una imagen la cautivó. Paula observó cómo un hombre salía de la habitación más grande, aquella que estaba absolutamente sellada y que se había asegurado de cerrar vacía. El hombre, de espaldas, caminaba por el patio con calma y decisión. Paula, segura de que ese hombre, que llevaba puesta campera, jean y zapatos, había salido de la habitación grande y se estaba yendo con calma de la casa, lo miraba inmóvil. Estaba convencida de que esa habitación había sido cerrada por ella con absoluta atención y dedicación, luego de verificar que todo estuviera en orden y vacío. Ante tal contradicción, Paula no se inquietó. Sabía que aquel muchacho, de existencia peculiar pero indudable, estaba en su patio con un único propósito: irse. Sabía que ella, debía dejarlo ir. Paula, habiendo respirado hondo, cerró entonces la puerta del patio con sus dos llaves.
Luego, abrió la puerta que da a la calle y salió. El hombre de jean, campera y zapatos también había salido de la casona. Paula, sonriente, cerró detrás de sí la última puerta de la mansión.
Iluminado
Foto de Lucy, Londres, Catamarca, Enero 2010
Ramón respiró hondo y abrió sus ojos llevándolos con violencia a insospechados límites de diámetro ocular. Continuó el iluminado: “Transformar y un poco acostumbrarse. Y también, de tanto en tanto, disimular bien. Así funciona. Con el tiempo, lo confirmarás.”
Ramón quiso tomar nota de las magistrales revelaciones y descubrió desesperado que le faltaban lápiz y papel.
Repitiose con fuerza las palabras buscando que quedasen grabadas como fuego: transformar, acostumbrarse y disimular.
Siguió el iluminado:”Sólo por agregar alguna cosa, te diría que no tengas mucho apego por la tinta, las hojas y bolígrafos no sabrán más que enredarte”
Memorizó Ramón con énfasis: la tinta enreda.
Dijo además el iluminado:”Y bueno, un poco de cautela con las palabras, que nunca dicen lo que hablan, nunca salvan un problema”
Ramón intentó retener: Transformar, acostumbrarse, disimular. Ojo con la tinta y la palabra. Empezaba a marearlo el esfuerzo por contener las máximas que le habían sido reveladas. Alrededor suyo, las imágenes se le aparecían borrosas.
Cerró y abrió los ojos con fuerza y descubrió entonces que la imagen del iluminado era cada vez menos nítida, casi inexistente.
Una voz cada vez menos humana le ofrecía un último pedazo de advertencia:
“Habrás de ser prudente con los consejos. Quien los da y quien los recibe cae en la misma trampa”.
Ramón parpadeó. El iluminado concluyó: “Y aún más precaución con los espejos”
Ramón abrió los ojos. Escupió enérgicamente un líquido espumoso compuesto de saliva, agua y pasta dental.
Tenía frente a sí la pileta y el espejo del baño. Buscose en la imagen que este mismo le devolvía. Examinó con detalle su cara somnolienta. Pensó en el día que estaba por empezar. Se preguntó cuándo se había despertado y hacía cuanto que había llegado al baño.
Te miro y me mirás y estás tan cerca. Me mirás y sé que desafiás, como a un pez un anfibio, como la mermelada al pan. Y yo sé: no podré saltar. Y vos dale salta y yo ojos de alambre. Miro abajo y sé, estamos alto. Estamos alto y confirmo, hemos subido.
Y ahora aquí tan alto, al mirar tus ojos, sé que me esperás. Esperás que vuele, me retás a que salte. Miro tus ojos y hacia abajo. Miro hacia abajo y a tus ojos.
Sí, estamos alto y debo admitir, que no me faltan las ganas de caer.
Miro a tu lado y sé: ése es el tuyo, es mi otro lado. Veo mis ojos en tus ojos. “No, gracias, yo no salto”, quiero decirte. Te lo explico pero nada, nada cambia. Sigues ahí y mirás desafiante. “Estamos alto y yo me caigo”, te susurro.
Yo sé que no podré cruzar, pero al menos, tus ojos podrán ser hoy mi punto fijo. Al mirarlos, tal vez no me maree. Estás del otro lado, ya lo sé, pero puedo al menos mirarme en tu mirada. Nuestros ojos en un solo ojo, son pese a todo el coito más cercano.
Y al mirarte y no saltar de pronto pienso: ¿Y si soy yo la que mira desafiante y te invita a pasar al otro lado? Cuento las auras que rodean tu pupila, me hipnotiza cada brillo en tu retina. “Qué lastima, no saltás” de golpe digo y me concentro en tus ojos de gusano, en tu mirada sabor mate cocido. Estamos alto y cerca del precipicio y mirándote mirarme distraída, me doy cuenta, inesperadamente, que ya no hay otro lado, que he saltado, que estamos juntos y alto, mirando el precipicio, con ganas de caer.
palabras de arena
Vivir como un doloroso y forzoso ímpetu de equilibrio no consumado, un ya fracasado intento de navegar sobre arena, armados de arena, hasta volvernos arena.
Hay de los navegantes con dificultades para el descarte, el desperdicio.
- Y bueno, es que de algo hay que agarrarse, dicen los coleccionadores
Hay también de los que saben juntar su mugre, quienes definen con certeza sus residuos.
- Y bueno, es que de algo hay que agarrarse, también dicen los corregidores
Pero… ¿Dónde poner esa condenada fe en la metamorfosis, la vehemente espera de germinación a destiempo? ¿A quién culpar por la tortícolis fundada en predios reminiscentes?
La página en blanco desenvaina hoy la inconmensurabilidad de lo no dicho, de silogismos entretejidos en introspección. Yo-tamiz, yo-escalpelo, me dispongo a flagelarlo, a creer que pronuncio el resultado de alguna distancia en proceso de superación. Es el pavor del primer decir, la inutilidad de la verborragia precoz.
Si pudiera escribir con mis ojos, con tus ojos, de mis ojos, para tus ojos, por encima de los ojos…
Pero no: habrá que zambullirse, despabilarse, proyectarse.
Dicho todo esto no se ha dicho nada.
Mejor el baile de imágenes desintegrándose a sí mismas
Y en este minuto que sigue, una única imagen que comprende a una niña y a un naufragio: el primer naufragio de la niña, gritos de ahogados, el precoz hundimiento de un buque construido con esmero.
Expresión inaugural de un barco
de papel
Y por qué es que no flotan las barcas
de papel
Yo, con palabras polilla, siempre vuelvo
al papel
tiempo en-cápsula
todos los caminos,
los mismos olores?
¿y si al perseguir
nuevos espirales,
me encontraran lista
idénticas metáforas?
¿si tras andar y andar,
los mismos sueños?
¿si más velas encienden
igual fuego?
¿no será tal vez
que es imposible,
nombrar pasado y futuro?
¿decir mañana?
ante un eterno hoy
yo me desvelo
y persigo
-cotillonesco afán-
los mismos peros
paisajes de catamarca
otro más allá
y un camino largo que baja y se pierde
Antofagasta de la sierra, Febrero 2010
un trampolín
Ya en el pasillo, cierras la puerta de tu departamento, primero una vuelta y luego dos. Guardas el pedazo de cobre en el bolsillo de tu saco y te diriges hacia el ascensor.
Frente a la puerta corrediza, se filtra la luz que indica que el dispositivo en cuestión está justo donde lo necesitas, casi esperándote, en el 8vo. Abres las puertas e ingresas. Pulsas la tecla correspondiente a planta baja y cierras las puertas. Al instante, todo va a empezar a bajar. Como siempre, ni te percatas de que se mueve pero lo sabes con seguridad: estás bajando. Ni dudas de que el cubículo, que sigue mecanismos que desconoces por completo, se deslice en posición vertical hacia abajo. Desciendes y sabes, en algunos minutos, estarás en planta baja, a la misma altura que los autos, los semáforos y peatones. Justo cuando te encuentras en ese viaje cotidiano, en el preciso y corto instante en que el ascensor pasa por entre los pisos seis y cinco, lo sientes: Tienes algo atorado. No sabes bien qué, pero hay algo, que no estás pudiendo sacar. Te recorre un violento desequilibrio entre el adentro y el afuera, algo anda mal.
Como un gato atragantado con su propia bola de pelos, sientes de golpe que algo por el esófago, te falta el aire. Piensas en lo que comiste y tomaste y no encuentras razón para semejante atoramiento. Evidentemente, algo ha empezado a crecer en tu garganta. No hay dudas, hay algo que intenta y no puede, salir. En el espejo, ves tu cara enrojecida y te asustas dos veces. Te asusta primero tu cara y luego el hecho de asustarte de tu cara.
En una mano, tienes el maletín con los papeles que entregarás al contador. Sobre el otro brazo, reposa una carpeta en la que acarreas la documentación que te pidió el abogado.
Te has puesto saco, a pesar de Diciembre, un poco por formalidad y otro poco porque escuchaste en el pronóstico algo acerca de una tormenta. Un brutal cambio de clima sobrevendría después de ella. El servicio meteorológico la anuncia para las 18 horas.
Te has ocupado de que no te falte paraguas por si acaso.
Sin embargo, mientras desciendes sin darte cuenta, te desespera aquello que tienes adentro.
Conoces por primera vez la sensación del pánico, nunca te ha perturbado tanto algo.
Sabes que debes sacarlo pero ignoras por completo cómo. Absurdamente toses. Tu cara se vuelve graciosamente más roja. Sin dejar de mirarte al espejo, ves en vos un rostro que no reconoces. Sientes como nunca el vértigo puntual: has llegado a planta baja.
Abres la puerta con prisa y sales a la calle con la esperanza de que el aire alivie tu sensación de atoramiento. Ya en la vereda, sobre las baldosas de cemento que pisas a diario, bajas la vista y la ves. Una flor, no tan lejos de tu zapato. Una florcita celeste, aun a tiempo de ser rescatada del asfalto. Curvas tu cuerpo hacia el piso, casi sin pensarlo y la tomas.
Entre tus papeles, tu paraguas y el cambio exacto para el boleto de colectivo, reposa ahora ella, hermosa. Ahí, en ese momento, lo sabes. Se te había atragantado un trampolín. Respiras aliviado.
diciembre, batallas, espirales y mario
la aniquiladora
idea de la muerte
con ese incontenible
afán de vida?
¿cómo acoplar el horror
ante la nada que vendrá
con la invasora alegría
del amor provisional
y verdadero?
¿cómo desactivar la lápida con el sembradío?
¿la guadaña
con el clavel?
¿será que el hombre es eso?
¿esa batalla?
"Esa batalla", Mario Benedetti
julio para domingo
No hay que llorar porque las plantas crecen en tu balcón, no
hay que estar triste
si una vez más la rubia carrera de las nubes te reitera lo
inmóvil,
ese permanecer en tanta fuga. Porque la nube estará ahí,
constante en su inconstancia cuando tú, cuando yo -pero por
qué nombrar el polvo y la ceniza.
Sí, nos equivocábamos creyendo que el paso por el día
era lo efímero, el agua que resbala por las hojas hasta
hundirse en la tierra.
Sólo dura la efímero, esa estúpida planta que ignora la
tortuga,
esa blanda tortuga que tantea en la eternidad con ojos
huecos,
y el sonido sin música, la palabra sin canto, la cópula sin
grito de agonía,
las torres del maíz, los ciegos montes.
Nosotros, maniatados a una conciencia que es el tiempo,
no nos movemos del terror y la delicia,
y sus verdugos delicadamente nos arrancan los párpados
para dejarnos ver sin tregua cómo crecen las plantas del
balcón,
cómo corren las nubes al futuro.
¿Qué quiere decir esto? Nada, una taza de té.
No hay drama en el murmullo, y tú eres la silueta de papel
que las tijeras van salvando de lo informe: oh vanidad de
creer
que se nace o se muere,
cuando lo único real es el hueco que queda en el papel,
el golem que nos sigue sollozando en sueños y en olvido.
... con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.Milan Kunderaen el interior de los sucesos
dentro de los hechos y acontecimientos,
habita el no:
lo que por extraños entrecruzamientos
no ocurrió
hablo de lo ambiguo
y de libros cerrados
de un doble montaje de metáforas-peligrosas-
presagio
Y esto, lo sé. Pocas cosas sé pero esto lo sé.
De golpe, la perfección espanta. Recorre mi cuerpo como lo harían corrientes eléctricas.
Nadie entiende nada. Yo tampoco, esto también lo sé. Es que apenas estamos listos para desenrollar alguna verdad chiquitita, abrimos la boca, afilamos el lapiz, recargamos la pluma y chau: Volvemos al inicio. Por ejemplo ahora que les cuento a ustedes, como si entendieran, que va a sucederme algo terrible y que yo esto ya lo sé. Si no me conociera diría que esto se parece poco a poco a una súplica, un ruego.
Cuento los colores del cielo: celesteazulturquezagrisnaranjarosa.
Me siento desolado y es porque de repente hay algo que sé. El presagio esta ahi, inscrito en ese cielo, a cada soplo más hermoso, más delicioso. Y más escalofriante, por supesto. Más temible, desopilante y cruel. Sin darme cuenta soy un niño que recuerda estar jugando a la mancha cuando es tocado. Pido gancho, quiero decir. Pero es tarde.
Un efecto hipnotico se escapa de las nubes, se va expandiendo.
Veo claras batidas a nieve y yemas revueltas. Papel de arroz. Siento que toco el azul con los ojos, es suave como un pétalo. Un dedo mío busca al otro por entre el pétalo. Me dicen que no por gozar la suavidad del pétalo está menos muerta la flor. Hablan de lo efímero.
Las nubes son algodones de azucar lentamente saboreados por mi retina. Más efímero.
El cielo y los presagios. Yo lo sé. Y saben ustedes, bien podría cerrar los ojos.
La explosión, la combinación mortal está en ese apego entre mis ojos y el cielo. Las nubes reflejadas en mis pupilas son el extremo, puntiagudo y tambaleante del trampolín.
Si ganaran fuerza mis párpados, la catastrofe se disiparía como en el mar un terrón de azúcar, imagino yo. Me pregunto si seré capaz. Esto ya no lo sé. Supuestamente es anatómicamente posible pero...
Queda poco tiempo. Yo, sigo mirando el cielo. Es curioso que, cuando está por ocurrir algo terrible, la gente suele juntar sus pestañas posteriores con las inferiores. Antes de la inyección, previo al salto, los parpados se arrugan. Y sin embargo yo , ojalá pudiera. Pestañear. Saltar.
Queda poco tiempo y esto sí que lo sé.
En la soledad del que sabe un poquito más, presiento que debo hacer cuanto pueda para evitar el horror. Esto implica, claramente, cerrar los ojos.
Pocas veces he sido valiente y martir. Pero esta vez, sacrificar un pedacito de cielo parece ser la más feroz de mis responsablidades, la sufrida obligación de todo héroe.
Y lo hago.
Qué calamidad enfrentar, párpados pegados, que el cielo sigue ahi, divina y hermosamente catastrófico, desafiante, casi sonriendo por haberme vencido.
un punto fijo
Cuando llegaba el momento, yo casi siempre me detenía en los cordones de las zapatillas de mi compañero de en frente. Ni siquiera los cordones, simplemente un pequeño ojal era suficiente. Ese pequeño intercisio por donde pasaba el cordón, y fruncía levemente la boca de la zapatilla.
No había una zapatilla en el mundo, que conociera con tanto detenimiento como aquella, ni otro cordón al cual quisiera tanto. Porque, mal o bien, era el que me salvaba de los mareos. Mientras bajaba lentamenta la cabeza, mientras torcía poco a poco la columna y caían a su ritmo cada vertebra, el cordón me mantenía en vilo. Ese ojal redondito y de nada era entonces la realidad misma, la infinitud toda. Y, resultaba tan simpático e inofensivo, que nada me asustaba.
Como el frio en los pies, como el primer paso, como el último mate lavado, casi todo dependía de concentrarse en un único punto fijo.
Las colchonetas eran más bien asperas, hasta reticentes. Reticentes y azules.
Yo, como todos y como siempre, disfrutaba más algunas cosas que otras. El calentamiento me atraía más que los ejercicios en sí, la relajación más que los saltos.
Los otros podían golpear la pelota e incluso pasarla del otro lado de la red. Había, como siempre, de los goleadores y los atletas, los acróbatas y las piruetas. Yo, prefería concentrarme en un punto fijo. Las pelotas y el punto fijo. Los golpes y el punto fijo. Las caídas y el punto fijo. El pasado y el punto fijo.
A veces, para no marearme, puedo volver al punto fijo, el cordón de la zapatilla, su ojal. Esas cositas de nada, esas naditas que dan cosita.
Un diente de leon bien silvestre y amarillo, un foco amarillo que a veces es el sol.
A veces es el sol, mi punto fijo. Para no marearme, un punto fijo.
Para los recuerdos,y los desacuerdos, un punto fijo.
Para tus ojos que recorren incansables estas letras, un punto fijo.
un boceto más
-lo que anheles-
no busques amigo,
no busques
pero tampoco trunques
para sorprenderte
no pretendas, cauto
andar protegido,
pero tampoco aguardes
paciente y obediente
a escuchar que te llamen
por el apellido
para encontrar
-la paz-
camina convencido
de que está justamente,
en donde no la busques
en los repliegues mismos
de las cascaras de huevo,
en las claras y también
en las yemas,
en la cabeza del fosforo y también
en su fuego,
en las suelas del zapato y también
en su tierra,
en los manchones de tinta y por qué no
en el corrector,
blanco que desparramas,
una vez el error ya cometido
para encontrar, sonríe
como quien no sabe
que sonríe y también
esta buscando
o dicho de otro modo
de un modo más simple
para encontrar
no encuentres
Es como si ordenáramos nuestra biblioteca...
Como si un día, desprevenidos e inocentes, nos asaltara nuestro lado más supersónico, más abejorro. Entonces, si eso pasara, sacaríamos los libros uno a uno, los dejaríamos reposar horizontales sobre la alfombra y ellos confundidos se preguntarían qué pasa.
Quizás también contaríamos con la ayuda de un plumero o una gamuza, y nos dispondríamos a arar cada estante en busca del blanco o del marrón más puro. Descubriríamos entonces libros olvidados y olvidos en los libros. Nos visitaría una receta de cocina, un número telefónico. Tal vez una moneada, o una carta nunca enviada.
¡Pero qué polvo tiene locke y cuanto locke en el polvo!
La biblioteca, como una huerta infértil ya no existiría. La alfombra, recubierta de pedazos de conocimiento fragmentado, se sentiría rara.
Y nosotros despiadados, flagelaríamos a cada cosa con los ojos y, desesperados, seleccionaríamos criterios.
Infantiles por allá, diccionarios de este otro lado. Cuentos acá , novelas allí.
Se sentirían tristes Oliverio y Shakespeare al ya no rozarse. Mirarían con odio Alejandra y Julio.
Luego diríamos, por un lado ficción y del otro la ciencia- convencidos que es tan simple divorciar la realidad de la fantasía. Y Margaret Mead extrañaría a René Barjavel.
Y la biblioteca quedaría como la escena del crimen, como el papel picado después de la piñata, como el algodón de azúcar cuando nadie sonríe.
Nosotros, que podemos ser más Bush que el propio Sadam Hussain, sonreiríamos satisfechos. Perversos y satisfechos. Hasta que, por ejemplo, volviéramos la espalda y encontráramos quizás un ejemplar rebelde. Quizás por olvido, quizás por karma, nos esperaría allí ese caso indescifrable.
Podría ser un Lewis Carrol o un Carlos Castaneda. El pánico nos recorrería y frunciríamos las muecas. ¿Dónde ubicarlo en la ya completa torre de arena?
Finalmente, podrían suceder varias cosas.
Podríamos huir resignados o jugar un rato al Jenga. Probar combinaciones que no alteren el esquema, que no invoquen supersticiones.
Si ponemos aquí podemos mover estos dos allá, total Alejandra también escribió prosa.
De ceños fruncidos y labios papel crepé enfrentaríamos cabizbajos que las cuentas no cierran, que el balance no da.
El hermanastro rebelde correría riesgo en nuestras manos nerviosas y lo ubicaríamos quizás en posición horizontal, en un reposo incómodo sobre libros clasificados.
Y cuando cada día nos arrimásemos a la torre caída, nos dolería bastante ese cabito suelto, esa baldosa floja, ese fraude en el esquema. Nos pesaría en el ego como plomo y respiraríamos hondo y olvidaríamos, como siempre.