Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario. O. G.

¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
Olga Orozco


Las puertas

Para cerrar la casona, Paula seguía pasos precisos y predeterminados. Cada habitación era clausurada en un orden puntual, orden que garantizaba la efectividad del proceso.

Comenzaba desde atrás para ir avanzando hacia el frente, cerrando cada puerta detrás de sí. Algunas aberturas tenían incluso doble cerrazón, postigones primero y luego dos puertas unidas por el centro que se sellaban con llave y traba. Dicha ceremonia duraba ya en sí misma un buen rato, puesto que la casona era grande y las puertas muchas. Demoraba un buen rato aún si cada paso salía a la perfección y sin retrasos, cosa que nunca ocurría. A las cuestiones básicas, se le sumaban algunas molestas y frecuentes interrupciones. Es que a Paula solía sucederle, por ejemplo, que una vez que llegaba a una habitación de las de adelante, de las últimas, sentía el ruido de un molesto chirrido, una puerta que había olvidado entreabierta. Ese era un asunto que debía resolver. Paula retrocedía entonces por cada uno de los espacios. Sucedía a menudo que, luego de revisar toda la mansión, encontraba a cada puerta bien cerrada y volvía a iniciar el proceso con paciencia y resignación, un ambiente por vez. Si no eran chirridos, Paula descubría, al llegar a la sala principal, un olor que le hacía presumir, que había olvidado abierta la llave de gas. Ante tal alerta, no tenía mas remedio que desandar el camino ya recorrido y revisar la cocina. En la mayoría de los casos, encontraba la llave correctamente cerrada y sentía al olor desvanecerse en el intento de remediar las causas. Paula encontraba a menudo nuevos y sorpresivos entorpecimientos cada oportunidad que se decidía a abandonar la casa, aunque más no sea por el rato breve que duraba la realización de un mandado. Podía suceder también que tuviera que volver hacia atrás, ansiosa por atender un llamado telefónico. Lamentablemente, casi siempre cortaban mientras ella abría cada puerta emprendiendo el camino de regreso al teléfono.

Era imposible para Paula desoír las llamadas que la interrumpían, desatender los indicios que le pedían que vuelva por algún motivo. En una mansión tan grande y vacía, la caída de un alfiler podía confundirse con un vidrio que se rompía, el vuelo de una mosca resonaba como el grito de un claustrofóbico.

Ese día de mayo, Paula ya había llegado a cerrar todas las puertas internas menos una: la última antes de la que daba a la calle. Mientras la ocupaba esta última tarea, justo cuando sostenía el picaporte de la penúltima puerta- la que daba al patio interno hacia donde todas las otras puertas estaban orientadas- justo luego de introducir la llave en su cerradura, una imagen la cautivó. Paula observó cómo un hombre salía de la habitación más grande, aquella que estaba absolutamente sellada y que se había asegurado de cerrar vacía. El hombre, de espaldas, caminaba por el patio con calma y decisión. Paula, segura de que ese hombre, que llevaba puesta campera, jean y zapatos, había salido de la habitación grande y se estaba yendo con calma de la casa, lo miraba inmóvil. Estaba convencida de que esa habitación había sido cerrada por ella con absoluta atención y dedicación, luego de verificar que todo estuviera en orden y vacío. Ante tal contradicción, Paula no se inquietó. Sabía que aquel muchacho, de existencia peculiar pero indudable, estaba en su patio con un único propósito: irse. Sabía que ella, debía dejarlo ir. Paula, habiendo respirado hondo, cerró entonces la puerta del patio con sus dos llaves.

Luego, abrió la puerta que da a la calle y salió. El hombre de jean, campera y zapatos también había salido de la casona. Paula, sonriente, cerró detrás de sí la última puerta de la mansión.