Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario. O. G.

¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
Olga Orozco


Casa-puente

Que hogar es algo más que casa, todos lo saben. Y si la casa, no es solamente techo y paredes, podríamos decir que es aunque sea un buen comienzo. “Por algo se empieza” afirman cautos, los militantes, del primer paso. Y es porque llueve afuera, que hoy agradezco en esta noche, tener un techo. Quien dice hogar, dice una casa con sonrisas. También un sitio donde llorar cuando haga falta. Quien dice casa, habla de techo y buen soporte. No solamente tejas rosadas. También ventana y por lo menos alguna puerta que haga posible, entrar y salir. 

Salvo unas raras, que son rodantes y a veces pueden, cambiar de sitio, generalmente la casa es algo quieto que una encuentra siempre en el mismo puesto. Eso permite, ir, venir y también volver, ya de memoria. Y si decido introducir estas cuestiones, es para hablarles de una casa que fue mía y también, de otros. La conocí y decidimos compartirla. Era una casa, estaba inmóvil, tenía techo. En las ventanas, lindas cortinas. También sonrisas que la poblaban y algunas lágrimas tenían refugio. Pero esta vivienda- que de a poquito fue siendo hogar y eso no es poco- era casa y también puente. Con puente me refiero a que unía mundos y permitía humilde el transito planetario.
Suena a mucho pero les juro, yo no exagero. No es que alguien hubiera construido, donde había puente, la residencia. Era una casa-puente que ensamblaba, imprevisiblemente egos alternos.
Los que habitábamos la vivienda en un principio, no preveíamos que también fuera pasarela.
Pero de a poco fuimos notando, que no sólo éramos el trance de otros, sino que justamente éramos los mismos moradores, los que sin saberlo, habitábamos el tránsito.
Algunos otros gustaban de ser de nuestra casa, visitantes. Era algo raro y hermoso. Y sobre todo, sorprendente. De a poquito, la casa fue un hogar. Y techo y paredes sintieron el ruido de cantos y músicas, de gritos felices.
Era feliz la casa puente. Era feliz, probablemente por ser puente. Y por ser puente era importante que esté abierto, a la gente que quisiera ir a otro lado.
Es que como cualquier puente esta morada, conectaba dos orillas bien distantes. Dos esferas antiguamente inconexas, dos dimensiones que sin la casa estaban sueltas.
Es así que era crucial la relevancia de nuestro techo de luz, resorte y espirales.
Los visitantes, frecuentes y ocasionales, eran un tema de no poca trascendencia. Algunos necesitaban, pasar al otro lado. Nosotros no cobrábamos peaje alguno y al contrario otorgábamos mates y galletitas. Algunos venían sólo por la merienda y sin saberlo, estaban de pronto en el otro extremo del pasadizo.
Como se imaginarán no fue posible, permanecer en tal vivienda por mucho tiempo. Fue una estadía, fugaz, hermosa y clara. Fue estar consciente del cambio y lo que muta. Muchos hablan de transitar el hábito. Para mi es mucho mejor, opuestamente, habitar el tránsito.
La recuerdo, le sonrío y se los cuento. Porque creo firmemente que la casa, aún existe en algún sitio y si ustedes quieren, pueden buscarla y morarla por un período. La experiencia es alucinantemente hermosa, sinceramente la recomiendo. Sólo que a veces, aún sin replantear el salto, se hace difuso el destino final del cruce. Y como la casa no lleva a todos a igual sitio, cada quien debe distinguir, atento y feliz el actual puesto. La advertencia vale y también vale que sepan, no olvidar la casa, ni buscarla con ansias.

como arañas

Se me escapan
la palabras.
Las veo irse
aceleradas,
como arañas.
Ellas tejen
finas telas,
yo las miro.
Yo contemplo,
el entramado,
las observo.
Ya sin miedo
a quedar presa, 
las admiro.
Densas redes,
son ajenas
y me asombran. 

Como arañas.

Domingo con Carlos


Que pode uma criatura senão,
entre criaturas, amar?
amar e esquecer, amar e malamar,
amar, desamar, amar?
sempre, e até de olhos vidrados, amar?

Que pode, pergunto, o ser amoroso,
sozinho, em rotação universal, senão
rodar também, e amar?
amar o que o mar traz à praia,
o que ele sepulta, e o que, na brisa marinha,
é sal, ou precisão de amor, ou simples ânsia?

Amar solenemente as palmas do deserto,
o que é entrega ou adoração expectante,
e amar o inóspito, o áspero,
um vaso sem flor, um chão de ferro,
e o peito inerte, e a rua vista em sonho,
e uma ave de rapina.

Este o nosso destino: amor sem conta,
distribuído pelas coisas pérfidas ou nulas,
doação ilimitada a uma completa ingratidão,
e na concha vazia do amor à procura medrosa,
paciente, de mais e mais amor.

Amar a nossa falta mesma de amor,
e na secura nossa, amar a água implícita,
e o beijo tácito, e a sede infinita.

Amar, Carlos Drummond de Andrade