Trasladar al plano de la creación la fervorosa voluptuosidad con que, durante nuestra infancia, rompimos a pedradas todos los faroles del vecindario. O. G.

¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
Olga Orozco


el amor es ese viaje, inútil pero muy suave, al otro lado del espejo
Alejandra Pizarnik

Esas fallidas y culposas ganas de pasar del otro lado
te hacían llorar de niña
te hacían bajar, lo sabes.
¿Y ahora?
ahora te hacen correr, te hacen vibrar
te hacen amar

Y porque no estás del otro lado,
porque hay un otro lado
-un otro otro otrorizado-
querés traspasar

cómplices lineas,
escuetas fronteras,
que si burlaras,
si acaso osaras trasgredir,
estarías más en tu lado que nunca

y el viejo lado que te era tuyo
sería al fin ese otro lado
que mirarías tentada
al cual querrías-inútilmente- llegar

dice Octavio

Entre lo que veo y digo,
entre lo que digo y callo,
entre lo que callo y sueño,
entre lo que sueño y olvido,
la poesía.
Se desliza
entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.
No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.
La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.
¿Así es más real?


Octavio Paz

escribe un poema


destrúyelo
recoge los pedazos
dinamítalos
rescata las ruinas
incéndialas
y con las cenizas
anímate a hacer
un nuevo poema

haz un nuevo poema
y antes de que se forme
desintégralo

su abuelo y no

Ese hombre, parado junto a la parada del 526, era tan parecido a su abuelo, que Pablo estuvo a punto de saludarlo. Es que en realidad, ese hombre, parado junto a la parada del 526, no tenía nada de parecido a su abuelo como para que Pablo, sienta impulsos de saludarlo.
Y ahi fue que Pablo se dio cuenta que para que alguien le hiciera acordar a su abuelo, no era en absoluto necesario el parecido físico. Quizás sí se trataba de una especie de aura, una energía de la que se cargaba el aire circundante a la persona qe se le asemejaba. O quizás simplemente, las ganas de acordarse que tenía uno, aún cuando no pudiera, de ningun modo, saberlas presentes.

Entonces, justo en ese momento, Pablo pensó que no lograba decidir si era por cortesía o crueldad que ella, aún le seguía ofreciendo café, cada Domingo despues del almuerzo. No, no tomo café, decía él. Y no podía evitar encrisparse un poco ante esa pregunta, que enmascaraba a tantas otras.
No, gracias, más tarde unos mates. Y en el no al café se englobaba una temible secuencia de noes, que la espalda de Pablo, toda la piel que recubría su columna, traducía en escalofríos, puntadas que recorrían el centro y el eje de su cuerpo.
Y ahi estaba su abuelo, esperando al 526- tal vez al 521, tal vez no esperaba, tal vez no abuelo- Pablo nunca había aceptado los noes. Pensó en la máquina de cortar el pasto, y en los No, en las tijeras de jardinería y en los No, en los tomacorriente sin zapatillas de goma, y en los nN, en el café frio, siempre inoportuno y en los No. Pensó en su abuelo, que estaba ahi y No. Algun día, se mintió, algo se irá del todo. Quizas, tal vez, va a haber un domingo en el que las ausencias sean eso, cosas que no están. Y lo que no esté sería como si no hubiera existido nunca.
Como el sol que sale, como el que se pone, todo sucedía en pos de esa unica palabra de dos letras. Pablo hubiera querido no escuchar al sol, no ver a su abuelo, no odiar al café, pero entre el querer y el ser se entretejen inevitablemente, muchas deliciosas incomprensiones.
¿Y si ese hombre sí era su abuelo? ¿Si esa mujer desnuda que veía cada mañana al levantarse, del lado izquierdo de una cama en la cual el siempre ocupaba el derecho, era en verdad la mujer que él amaba? Pablo, como cualquiera de nosotros no lo sabrá nunca, por suerte.
Y para salvar algunas contradicciones demasiado peligrosas, para evitarnos confudir fotos con espejos. En fin, para rescatarnos de los péndulos indecisos o simplemente por pura maldad de un Diós de cotillón, el 526 finalmente llega a la parada. Esa nave tan argenta que se detiene, y va hinchándose de a poco de gente indiferente es la campana que significa para Pablo el fin de ese viaje en el tiempo, la vuelta al mundo de noes.

si te preguntara- por ejemplo-

...si has caminado
dirás "Claro, he caminado y caminado"
Y creerás no mentirme
al afirmarte caminante,
al proclamarte viajero,
caballero andante.

Y si te preguntara -acaso-
si has vivido
me hablarás de latidos
pulsaciones y órganos
Dirás palabras virtuosas
que a mí solamente
me resultarán graciosas

Pues no sabré de que hablas
siempre que enuncies con certeza
No estaré tranquilo
sin una imperfección
sin una vocal rebelde
que se escape del renglón


Si te preguntara -tal vez-
si has leido
nombrarás a Baudeliere
Pizarnik o Thomas Mann,
recitarás versos,
enunciaras teoremas.
Relucientes prosemas
saldrán de tu interior
sin que tiemblen siquiera
las fotos de tus próceres
sin que se caiga una estatua
de las que estas orgulloso

Pero si te preguntara -en cambio-
si has recorrido
si siquiera has pisado
un centímetro más allá
de tu cuadro familiar

Si te preguntara si te atreverías
a sanjar osado
las milimétricas distancias
hacia lo desconocido

Seguramente tu
te quedarás callado
y yo al mirarte fijo
sabré que aún estoy vivo
sentiré la rabia de los vivos
el dolor de los vivos
el temblor de los vivos que miran
una sombra muerta

Me sentiré tan vivo
que ni me daré cuenta
que ni sospecharé
que ese rostro que miro
no es otro que el mío
y que, frente al espejo,
por eso escribo.

mi mirada desde la alcantarilla

Y casi sin darnos cuenta
ya mirábamos
el cielo.


Y en el instante siguiente
empezábamos
a amarlo.


Como quien no quiere la cosa
supimos
asombrarnos

ante el mismísimo y fiel
papel de diario.


De golpe y sin intención
nos sabíamos
poderosos,
omnipotentes, cascabeles.



Sin saberlo ni soñarlo

nos creíamos
libres.


Caminando y caminando

nos acercábamos
al cielo.

Y de nubes grisáceas

se pobló
nuestra visión.


cuando inocentes felices

comenzamos
a desradicalizarnos

el poeta es un fingidor

finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente
Pessoa

a veces
algunas veces
pendulares veces
mejor dejar
baja la persiana
para que no puedan
asomarse aquellos
que ingresar ni intentarían
si acaso dejáramos
la persiana abierta

sin dudar, sin trotar, sin clonar
debe ser mejor,
la persiana baja
y del otro lado,
princesa cautiva
fabricar hamacas
aniquilar plumas
cocinar puentes
sin sostenes pares


de sirenas en los trenes


Ella era una sirena tan real que le dio miedo. Tuvo vergüenza de andar por ahí, desnuda entre vagón y vagón convenciendo a todos de que lo que existe, existe.
A ella no la engañaban fácilmente, porque era chiquita pero entendía todo.
Sólo un instante más de vuelo la hubiera salvado, un soplo más de vértigo que la hubiera inmunizado como una burbuja protectora encapsula a los cuerpos de cualquier malpoder que ande flotando por el aire.
Pero sus alas eran tan fuertes como pesadas, y su cola de sirena un tesoro tan peligroso como deseado.
-"¡ No me mientan, no me mientan!"- tuvo que reclamar entre lagrimas, para susurrar luego, un poco más tímidamente, que era a ella a quien no le gustaba mentir.
Decir la verdad creyéndola emboscada y engañarse con los turbios reflejos de un manantial que ha dejado de fluir, era su contradicción a la vez que su magia.
No había nada de engaño en sus canciones; pero ella, de golpe cambió los agudos por graves y sus carcajadas devinieron lágrimas.
Es que la elasticidad de algunos es tan grande, tan paracaídas, tan caleidoscopio que los puños se cierran y los labios se arrugan y buscan refugio detrás de los dientes.
Ella saltaba entre los vagones, se tambaleaba de tal forma, sin prisa ni temor, sobre la cuerda floja del tren en movimiento, que ya no estaba más allí. Imagínense ustedes, qué viaje tan económico emprendía, sin culpa. Bueno, casi sin culpa.
Ante tanto casco y tan poca sonrisa, era casi imposible no sentir al menos un poco de culpa.
Y viajar implica regresar, aunque nunca regresemos completos, nunca.
Y ella era tan sirena que se asustaba a veces de los mismos humanos, y desconfiaba tanto de sus garras que terminaba electrocutando a todos. Pero, por suerte, enseguida se arrepentía y deseaba cosas buenas para cada mortal que anduviese por ahí.
Es que ser sirena desde tan pequeña, en ese planeta tan seco, era hermosamente problemático. Y ella no paraba de transformarse, y la metamorfosis era tan parecida a los cuentos de hadas que no cabían dudas de que ésta sirena, podía, si quería, ser cualquier cosa. Podía en un instante hacer aparecer olas en el medio de una laguna seca y en el instante siguiente, crear un tobogán alto y reluciente para que todos, sin miedo, se transformaran alegres.
Si hubiera tenido al menos una dosis de furia en su retina, nos hubiera destruido a nosotros que, desprevenidos, olvidamos ocultar nuestras alas, nunca tan fuertes como las suyas pero todavía capaces de levantar un poco de vuelo.
Su cuerpito no se conformaba con tomar una forma única y andaba cambiando su contorno y color con cada soplo del viento, o con cada estación, quizás. O tal vez, ella tenía una apariencia para cada una de nuestras miradas, que la seguían fielmente en su recorrido por mundos diversos.
Es que ella, con su metamorfosis casi continua, no lograba quedarse estática y predicaba la más hermosa de las religiones, prestando a todos una generosa sonrisa.
¿Quién sabe donde andará ahora que el tren ya arribó hace horas y ella se bajó, volando, como lo hacen las mejores sirenas?
Tanto girar el volante de la calesita que, sin quererlo, miró para abajo y no pudo más que llorar cuando temió que los mil colores que el girar le devolvían no fuesen más que una imagen deformada de la realidad. Maldita costumbre la de preguntarse sobre la realidad, cuando se está tan lejos de ella que es a la vez más verdadera. Y hubo que explicarle sin rodeos que todo era un juego, para que pudiesen revivir sus poderes.
Nos dejó un saludo-relámpago y una sonrisa de garganta anudadada y nos dejó el desafío de seguir su búsqueda, aún cuando no queden más sirenas en el agua.

empezando sobre baldosas de arena

Allí se entraba a través del jardín, sin dejar de percibir primero las rejas blancas e imponentes que separaban al adentro del afuera. Una vez que se lo atravesaba, ya estabas a salvo, y “piedra libre para todos mis compás”, ya nadie te iba a encontrar.

Como anticipándose a todo, como previniéndonos, advirtiéndonos, alguien había plantado, regado y mantenido allí un hermoso jazmín. Cuando en primavera se pintaba de color crema, el jardín era una fiesta. Entre los yuyos y el pasto, los tréboles. Estos últimos eran de una especie distinta: había algo que brillaba en ellos, algo que los hacía mágicos. Quizás era la posibilidad de encontrar uno de cuatro hojas de vez en cuando o quizás solamente el encanto de buscarlos.

Las baldosas eran de color amarillo; un color amarillo y una textura similar a la arena, como bien puede confirmar un niño que todo lo toca, todo lo prueba.

Y con los ojos casi fijos en el piso caminaba yo por esas baldosas-arena, por ese camino que se me presentaba tan inmenso a la niña que era, hasta llegar a la puerta. Y en esa puerta comenzaba y terminaba todo. Ese fuerte interludio de madera maciza, ese momento en el que se abría era siempre el más deseado del día.

Tentada de apretar cualquier botón, dejaba en ese momento deslizar mis dedos en las teclas sugestivas de aquel tocadiscos. Y “on” y “off”, y arriba y abajo, una gran diversión hasta que alguien me sorprendiera. Quizás que me pescaran era la verdadera diversión.

Atravesando la otra puerta, terminaba el misterio y sin miedo y sin pausa, yo casi corría. Estaba la mesa larga, con una frutera en el centro, cuyos dulces tesoros eran de verdad y no de plástico. Una mesada grande de mármol, una radio que susurraba algún tango y allí sentado, estaba mi abuelo.

Una mirada fija, la cara algo arrugada pero de gesto preciso y ese cabello blanco. Él se dirigía a mí por un instante. La sonrisa era puntual, nunca un momento después, tan exacta como ese gesto, que sólo entendía yo: el guiño de ojo cómplice y los dedos marcando un signo totalmente irrevocable. Tres. Su forma de hacer el número me terminaba de aclarar que él era grande y yo chiquita. Dedo pulgar, luego el índice y el anular. Tres. Y yo le respondía con un gesto. Tres. Pero yo torcía el pulgar y el meñique, dejando al descubierto los tres dedos del medio. Una postura típica de quien no conoce nada del mundo como para elegir lo más cómodo. La postura de quien todavía sonríe, como cuando todo es nuevo, y sus mayores aspiraciones son los tréboles de cuatro hojas del jardín. Con los mismos pasos firmes con los que había llegado, pero con algo más de ansiedad, yo casi corría, arrastrando todavía la bolsita del jardín y haciendo sonar a modo orquestal la taza de la merienda que llevaba dentro de ella.

Pero esta vez volvería pronto. Al lado del tocadiscos, mi único objetivo.

Como una dama, educada pero orgullosa, leal pero vanidosa, ella estaba siempre allí, casi esperando mi visita, todos los Jueves. De cerámica. Había sido brillante pero algo la había opacado con el paso del tiempo; tenía esculpidas flores rosadas. Era una vasijita larga, con una tapa marrón que se dejaba apartar por mis dedos pequeños. De allí, agarraba tres, sólo tres y nada más que tres palitos de la selva.

La humedad hacía que a menudo el papel se adhiriera al caramelito. Mis uñas no tenían la destreza. Y entre los pasos que me distanciaban de mi abuelo, mis dedos tomaban la más difícil decisión: o me arriesgaba a intentar despegarlo sin ayuda, para gozar quizás los beneficios de la victoria y mostrar triunfante el papelito entero y el caramelo sano, o buscaba la ayuda de él, que lo despegaba sin titubear, de una, sin dejar un pedacito de papel rosado en el caramelo.

En la mayoría de los casos asumía un riesgo en vano, y me veía finalmente recurriendo al socorro externo, a la ayuda urgente para despegar el papel y terminaba comiendo ese palito rosado y blanco, con algún resto de su envase, pero no por eso menos dulce, menos exquisito.

El ritual se repetía casi sin modificaciones, “No vas a comer pastel de papa”, se quejaba mi abuela al verme con mi tesoro escondido entre las manos. Siempre me llevaba tres caramelos, y el otro Jueves, volvía a estar llena; siempre. Era obvio que los caramelos se reproducían, se duplicaban y se triplicaban en esa caramelera mágica que tenían mis abuelos.

Qué pena verla ahora, tan lejos del tocadiscos y vacía.